Por Guillermo Fajardo
Estuve buscando pero no encontré la cita. No sé, tampoco, donde la leí: Vladimir Nabokov, novelista ruso, decía que si él quería que un personaje cruzara la calle, el personaje lo hacía. Para aquel que no esté muy informado de esto le cuento lo siguiente: en una novela, los personajes, por paradójico que parezca, tienen vida propia. Algunos, como Nabokov, los amordazan y se adueñan de la línea de la historia.
De su historia. La primera sospecha que emerge del lector no escritor es que esto no es posible. Les digo, con la mayor humildad de la que hago acopio, que esto sí sucede. Nabokov quería acabar, quizá, con la fantasía de la vida en la tinta o las acciones caprichosas de los que tienen nombre y apellido por nosotros. Cuando escucho a Humberto Moreira y veo a Josefina Vázquez Mota no puedo sino imaginarme al escritor sentado luchando inútilmente contra los personajes: es como si estos dos no entraran en la narrativa general de la novela. Moreira es un payaso, un personaje que desentona con el ambiente tétrico y medio apocalíptico de la historia; Vázquez Mota es la heroína que cruza la calle a pesar de saber que la verdadera oportunidad de redimirse se quedó en la otra acera. Uno y otro, esculpidos por ellos mismos, pecan, uno, de ser una fiesta andante, amo y dueño de declaraciones: un Narro defensor de tres colores que no logra ver más allá de su nariz. Otra, trueca en defensora de su propia causa: quiere ser la primera mujer en llegar a Los Pinos a pesar del partido, pues la verdadera batalla en donde la necesitan no es el 2012 sino en el Estado de México. La batalla de Calderón al interior del PAN en el proceso interno del 2006 logró una disrupción poco vista: el menos conocido ganó. Esto logró que hoy día veamos al Presidente como un personaje fuerte al interior de su partido sin que tenga, sin embargo, la última palabra. También, que personajes como Creel o Josefina busquen a toda costa algo que ya no les corresponde o algo que pone en peligro el futuro del partido. Si bien el PAN ganó la Presidencia en elecciones pasadas sin ganar el Estado de México, la sentencia parece inevitable: Peña Nieto no se volverá invencible, aunque sí se generará (en parte a los analistas políticos medio iluminados) una especie de leyenda con el mote de “Presidente”. Bravo Mena y Encinas son comparsas, siguiendo el guión principal del escritor: atentos a negociar cualquier cosa que surja para ellos en un futuro, lo único que lograrán con sus respectivas candidaturas es agregar en su currículum la aventura ya muerta de buscar ser gobernador del Estado. Ellos también, obnubilados o ingenuos, se alzan de hombros y aceptan la derrota aceptando la candidatura. Curiosamente, ya habían participado como candidatos hace ya tiempo. Es increíble que ni el PAN ni el PRD pudieran crear a lo largo de todo ese tiempo algunos buenos perfiles para competir. Desidiosos o pasivos, creyeron que con los errores del PRI bastaría: definieron la victoria en un sentido negativo.
Y luego Moreira. Gracioso, busca el debate. Cínico, se olvida del pasado. Juguetón, confronta a Cordero, Heriberto Félix o Javier Lozano. Qué importa el tema. Quiere pelear. Le gusta hacerlo. Opaca al gris Madero y al incierto Zambrano. El calcio que fortalece los huesos en su debate son las cifras del Banco Mundial y de cualquier órgano que emita números. No busca formar cuadros sino crear votantes. Lleva consigo la fórmula perfecta de una política ensanchada y recorrida hasta el hartazgo por la elección de figuras de cristal que no saben pensar pero sí sonreír. No me rasgo las vestiduras: la verdadera vocación en política no es saber sino convencer: es lo mío un suspiro y no una lágrima.
Dúo dinámico: el más gracioso junto al más popular; el más elocuente junto al actor; el que levanta el dedo junto al que abre los brazos. La política se ha vuelto más insípida que de costumbre. Aplaudimos como monos a Vázquez Mota por su compromiso con ella misma y a Moreira por su locuacidad y dotes de hechicero. Compra una canasta básica y la enseña. Levanta los huevos y dice que esto es lo que falta. A la gente le gusta. Hace buena propaganda y se olvida, ¡qué sorpresa!, de la autocrítica. Si Nabokov luchaba contra la injerencia maldita de la voluntad de los personajes era para evitar finales inesperados. Vázquez Mota busca, Moreira es. Ambos son personajes autónomos que no buscan reescribir la historia, sino andar sobre sus pasos.
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